La filosofía moderna es la etapa del pensamiento occidental que se desarrolló aproximadamente entre el siglo XVII y el siglo XIX, marcando una ruptura decisiva con la tradición escolástica medieval. Este período no surgió de la nada, sino que fue el resultado de una convergencia compleja de factores científicos, políticos y sociales que desplazaron el centro de gravedad del conocimiento: de la autoridad de la Iglesia y los antiguos, hacia la razón humana y la experiencia empírica.

Entender este contexto es fundamental porque explica por qué filósofos como Descartes, Locke o Kant pensaron de manera tan diferente a sus predecesores. La filosofía moderna no fue solo un cambio de ideas, sino una respuesta directa a la inestabilidad política, el auge de la burguesía y los descubrimientos astronómicos que desafiaban la visión del mundo heredada de Aristóteles.

Definición y concepto

La filosofía moderna, periodo que abarca aproximadamente los siglos XVII y XVIII, no es un conjunto aislado de ideas, sino una respuesta estructurada a las transformaciones radicales de su tiempo. Definirla requiere distinguir entre el contenido de sus reflexiones —el auge de la Razón y la consolidación del Sujeto— y el escenario concreto donde estas surgieron. Este escenario incluye las cortes europeas, las universidades en transición y los naciente círculos intelectuales, como los cafés de Londres o París. Analizar el contexto implica entender cómo la presión social, los conflictos políticos y los descubrimientos científicos moldearon el pensamiento filosófico, haciendo posible lo que antes parecía abstracto.

El objeto de estudio: Razón y Sujeto

El núcleo de la filosofía moderna reside en el desplazamiento del centro de gravedad del saber. Mientras la filosofía medieval se centraba en la autoridad divina y la tradición escolástica, la moderna coloca a la Razón humana como la fuente principal de la verdad. Este cambio no fue instantáneo; fue el resultado de siglos de tensiones entre la fe y la lógica. La Razón dejó de ser una herramienta auxiliar para convertirse en el criterio último de validez, aplicable tanto a la naturaleza como a la sociedad.

Paralelamente, surge la figura del Sujeto. Ya no se trata solo de un alma inmersa en un cosmos ordenado por Dios, sino de una conciencia individual que duda, percibe y juzga. René Descartes, con su famoso cogito ergo sum, ejemplifica este giro: el punto de partida no es el mundo exterior, sino la certeza interna del pensador. Este enfoque permitió cuestionar dogmas establecidos y abrir el camino al empirismo y al racionalismo. La consecuencia es directa: la verdad depende menos de la revelación y más de la experiencia y el análisis crítico.

Dato curioso: La palabra "moderno" en este contexto no significaba simplemente "reciente". Para los filósofos de la época, ser moderno implicaba romper con la "antigüedad" clásica, especialmente con Aristóteles. Esta ruptura fue tan intensa que se habló de una "Revolución Científica" que afectaba directamente a la filosofía.

El escenario: Cortes, Universidades y Cafés

Las ideas no flotan en el vacío; necesitan un sustrato social que las sostenga. En el siglo XVII, la corte real era un motor intelectual clave. Filósofos como Baruch Spinoza o John Locke dependían del mecenazgo o de la protección de nobles y monarcas para publicar sus obras sin ser quemados por la Inquisición o exiliados por el Parlamento. La política no era solo el contenido de sus obras, sino la condición de su supervivencia.

Las universidades también jugaban un papel dual. Por un lado, eran reductos de la tradición escolástica, donde Aristóteles reinaba sin rivales. Por otro, eran lugares de fricción donde nuevos descubrimientos, como los de Galileo Galilei, chocaban con la autoridad académica. Este conflicto entre la universidad y la corte, o entre la universidad y la sociedad civil, generó un espacio de libertad relativa para el pensamiento.

En el siglo XVIII, el escenario se expandió hacia la sociedad civil. Los cafés, las sociedades científicas y las academias se convirtieron en espacios donde burgueses, científicos y filósofos debatían fuera del control directo de la iglesia o la monarquía. Estos lugares permitieron que la filosofía saliera del estudio privado y se convirtiera en un fenómeno público. La prensa escrita, con sus periódicos y revistas, amplificó estas discusiones, creando una "opinión pública" que los filósofos debían considerar. Este entorno favoreció la difusión de ideas como la tolerancia, la libertad de prensa y la división del poder, que luego se traducirían en revoluciones políticas.

Entender la filosofía moderna requiere, por tanto, mirar más allá de los tratados escritos. Hay que observar cómo la estructura social, los medios de comunicación y las instituciones políticas permitieron que la Razón y el Sujeto emergieran como pilares del pensamiento occidental. Sin este contexto, las ideas de Descartes, Locke o Kant parecerían abstracciones eternas, en lugar de respuestas concretas a los desafíos de su época.

¿Qué factores históricos provocaron el fin de la Edad Media filosófica?

La transición de la filosofía medieval a la moderna no fue un cambio repentino, sino el resultado de presiones estructurales que fracturaron la unidad intelectual de Europa. Durante siglos, el pensamiento estaba unificado bajo la autoridad de la Iglesia y la escolástica. Sin embargo, tres eventos históricos clave desestabilizaron este orden, obligando a los filósofos a buscar nuevas bases para la verdad.

La Reforma y el cisma de la autoridad

La Reforma Protestante, iniciada a principios del siglo XVI, no fue solo un conflicto teológico, sino una ruptura epistemológica. Al cuestionar la interpretación única de la Biblia y el papel del Papa, Lutero y sus sucesores introdujeron la duda sistemática en la estructura del conocimiento. Si la autoridad máxima podía dividirse, la verdad absoluta ya no residía únicamente en la institución, sino que debía ser validada por la conciencia individual o la razón. Esta fragmentación religiosa creó un vacío de autoridad que la filosofía moderna intentó llenar.

El Renacimiento y el retorno crítico a los clásicos

El Renacimiento recuperó los textos griegos y latinos, pero con un espíritu crítico nuevo. Ya no se aceptaba la palabra de Aristóteles como dogma infalible, sino como un punto de partida sujeto a escrutinio. La traducción directa de obras platónicas, gracias a los eruditos italianos, reveló diferencias sutiles con la interpretación medieval aristotélica. Esto fomentó el humanismo, que colocó al ser humano y su capacidad racional en el centro del análisis, desplazando gradualmente a la teología como la única ciencia reina.

La caída de Constantinopla y el flujo de saberes

La toma de Constantinopla por los otomanos en 1453 aceleró la llegada de eruditos bizantinos a Italia. Estos intelectuales trajeron consigo manuscritos clásicos y una tradición filosófica más rica y diversa que la conocida en Occidente. Este flujo de información enriqueció el debate académico y demostró que el conocimiento estaba en movimiento, desafiando la estática de la escolástica. La consecuencia es directa: la curiosidad intelectual se volvió insoportable para las estructuras rígidas.

Dato curioso: La imprenta de Gutenberg, aunque no es un evento político, actuó como el multiplicador de estas rupturas. Sin ella, la Reforma y el Renacimiento habrían permanecido como movimientos de élite; con ella, se volvieron fenómenos de masa que la Iglesia no pudo contener fácilmente.

La fragmentación política de Europa forzó a los filósofos a buscar fundamentos más sólidos que la mera tradición. Sin un emperador o un papa con poder absoluto sobre toda la cristiandad, la razón y la experiencia se impusieron como jueces finales. Esta necesidad de certeza llevó a figuras como Descartes y Bacon a proponer métodos nuevos para asegurar el conocimiento.

Aspecto Edad Media (Escolástica) Edad Moderna (Iniciativa)
Fuente de autoridad La Iglesia y la Tradición La Razón y la Experiencia
Método principal Deducción lógica (Aristóteles) Inducción empírica y duda metódica
Objetivo del conocimiento Salvar el alma (Teología) Dominar la naturaleza (Ciencia)
Papel del individuo Receptor de la verdad revelada Sujeto activo que construye la verdad

Esta tabla resume el cambio de paradigma. La filosofía moderna nace de la necesidad de justificar el conocimiento sin depender exclusivamente de la revelación divina. La fragmentación europea no fue solo un caos político, sino el laboratorio donde se forjó el pensamiento crítico contemporáneo. Pero hay un matiz: la razón no eliminó a la teología, sino que la obligó a defenderse con argumentos lógicos más rigurosos.

La revolución científica como motor filosófico

El surgimiento de la filosofía moderna no fue un cambio puramente intelectual, sino una respuesta directa a la evidencia empírica. Los descubrimientos de Nicolás Copérnico, Galileo Galilei e Isaac Newton desestabilizaron la visión del mundo heredada de Aristóteles. Esta transformación obligó a los pensadores a replantear cómo el sujeto conoce la realidad. La autoridad ya no residía únicamente en la razón deductiva, sino también en la observación sistemática.

Del silogismo a la experiencia

Durante siglos, el método aristotélico dominó el pensamiento occidental. Se basaba en la deducción: partir de verdades evidentes para llegar a conclusiones lógicas. Si todos los hombres son mortales y Sócrates es hombre, entonces Sócrates es mortal. Este sistema funcionaba bien para la lógica, pero mostraba grietas al enfrentar la naturaleza. La ciencia moderna introdujo la inducción y la experimentación como herramientas fundamentales para validar el conocimiento.

Galileo Galilei ejemplifica este cambio. Al observar los movimientos de los planetas y la caída de los cuerpos, demostró que la razón sola podía engañar. Su enfoque cuantitativo priorizaba la medición sobre la cualidad. Esto generó una ruptura epistemológica: el objeto conocido ya no dependía tanto de la esencia definitoria, sino de sus propiedades medibles. La consecuencia es directa. El método experimental desafió la certeza absoluta de la deducción clásica.

Dato curioso: La famosa frase atribuida a Galileo, "E pur si muove" (y sin embargo, se mueve), ilustra el conflicto entre la evidencia observada y la autoridad establecida, aunque su precisión histórica sigue siendo debatida por los historiadores.

Mecánica y teología natural

La síntesis de Isaac Newton en el siglo XVII consolidó esta nueva visión. Su ley de la gravitación universal describió el universo como un mecanismo preciso, gobernado por fuerzas matemáticas. Esta visión mecánica entró en tensión con la teología natural. Si el universo funcionaba como un reloj perfecto, ¿dónde estaba el lugar de Dios? ¿Era el Creador un arquitecto lejano o una fuerza activa constante?

Los filósofos tuvieron que integrar esta nueva física con la metafísica. La relación entre el sujeto y el objeto se volvió más compleja. El conocimiento ya no era una contemplación pasiva, sino una interacción mediada por instrumentos y matemáticas. Este desplazamiento sentó las bases para el racionalismo y el empirismo, las dos corrientes dominantes de la filosofía moderna. La ciencia no solo explicó el mundo, sino que redefinió la forma en que la humanidad se percibía a sí misma dentro de él.

El escenario social: cortes, universidades y la burguesía emergente

La filosofía moderna no nació en el vacío, sino en espacios físicos y sociales concretos que definieron su tono y su método. El lugar donde se pensaba determinaba cómo se pensaba. Durante los siglos XVII y XVIII, tres entornos compitieron por la hegemonía intelectual: la universidad tradicional, las cortes reales y las nuevas academias científicas. Cada uno ofrecía una estructura de poder y un público diferente, lo que generaba tensiones que impulsaban el cambio conceptual.

La universidad: conservadurismo y resistencia

Las universidades europeas funcionaban como fortalezas del pensamiento establecido. Muchas seguían atadas al escolasticismo, un método que priorizaba la autoridad de Aristóteles y de la Iglesia sobre la observación directa. Este entorno era a menudo hostil a las nuevas ideas que llegaban de los salones de París o de los gabinetes de Londres. Los profesores defendían su estatus mediante la defensa de lo conocido, lo que convertía a la institución académica en un espacio de resistencia más que de innovación inicial.

Sin embargo, esta rigidez no era uniforme. En algunas regiones, como en la Inglaterra del siglo XVII o en las universidades alemanas posteriores a la Reforma, la estructura permitía cierta flexibilidad. Aún así, la universidad seguía siendo una institución cerrada, donde el acceso al conocimiento dependía de la pertenencia a una corporación de profesores y de la maestría en lenguas muertas, principalmente el latín.

Cortes y academias: el mecenazgo del rey y la razón

Fuera de las aulas, los monarcas buscaban legitimar su poder mediante el patrocinio de la razón. La corte de Luis XIV en Versalles se convirtió en un escenario donde la filosofía y la ciencia servían para ilustrar la grandeza real. Las academias científicas, como la Académie des Sciences fundada en París en 1666, ofrecían un espacio más fluido que la universidad. Allí, los sabios podían presentar sus hallazgos ante pares y ante el rey, mezclando la autoridad política con la evidencia empírica.

Dato curioso: Isaac Newton, uno de los pilares de la filosofía natural moderna, fue nombrado director de la Casa de la Moneda de Inglaterra en 1699. Este cargo, tradicionalmente reservado a nobles o matemáticos prácticos, muestra cómo la ciencia estaba dejando de ser un hobby aristocrático para convertirse en una herramienta de gestión estatal.

En Prusia, Federico el Grande mantuvo una relación compleja con Voltaire, demostrando que la filosofía podía ser tanto aliada que crítica del poder real. Estas interacciones en las cortes permitieron que las ideas filosóficas salieran de los tratados densos y entraran en los discursos políticos, influyendo directamente en la formación de estados modernos.

Burguesía, imprenta y la nueva esfera pública

El cambio más profundo vino de la sociedad civil. El auge de la burguesía creó una nueva clase de lectores con capacidad económica y necesidad de explicaciones racionales del mundo que no dependieran exclusivamente de la revelación divina o del decreto real. Esta clase media buscaba herramientas para gestionar el comercio, la propiedad y la vida social, lo que hizo atractiva una filosofía basada en la claridad y la utilidad.

La imprenta fue el motor de esta difusión. La capacidad de producir libros, folletos y periódicos a un costo decreciente permitió que las ideas viajaran más rápido que nunca. El latín siguió siendo la lengua de la erudición, pero el uso creciente de las lenguas vernáculas (el francés, el inglés, el alemán) democratizó el acceso al saber. Los salones literarios en París y los clubes de café en Londres se convirtieron en laboratorios de opinión pública, donde la filosofía se debatía, se criticaba y se adaptaba a las necesidades de una sociedad en movimiento. La consecuencia es directa: la filosofía dejó de ser solo un ejercicio de eruditos para convertirse en un debate social.

¿Cómo influyó el contexto político en el pensamiento de los filósofos modernos?

La política no fue un escenario secundario para los filósofos modernos, sino el laboratorio donde se probaban las nuevas herramientas del pensamiento racional. Tras siglos de inestabilidad, la pregunta central dejó de ser "¿Quién manda por derecho divino?" para convertirse en "¿Por qué obedecemos?". Este cambio de enfoque marcó la transición de la autoridad tradicional a la justificación racional del poder estatal.

El trauma de las guerras de religión

Para entender la urgencia política de este periodo, hay que mirar hacia atrás, específicamente a las devastadoras guerras de religión que sacudieron a Europa entre los siglos XVI y XVII. La Paz de Westfalia de 1648 no solo dibujó mapas, sino que definió la identidad política moderna: el Estado se consolidó como una entidad casi autónoma de la Iglesia. Los filósofos buscaban una base firme para el contrato social que pudiera sostenerse incluso si Dios dejaba de ser el garante principal. La consecuencia es directa: la política se seculariza para sobrevivir.

Dato curioso: La noción de "estado de naturaleza" de Hobbes no era tanto una descripción histórica precisa como un experimento mental para aislar las variables del poder humano, similar a cómo los científicos usan el vacío en física.

Hobbes y la necesidad del orden absoluto

Thomas Hobbes vivió la Guerra Civil Inglesa de primera mano. Su experiencia lo llevó a concluir que, sin un poder central fuerte, la vida humana sería "solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta". Para Hobbes, la razón dictaba que los individuos cedieran casi todas sus libertades a un Soberano (el Leviatán) a cambio de la seguridad básica. El poder absoluto no era una tiranía arbitraria, sino la única garantía contra el retorno al caos. Esta visión reflejaba el miedo profundo de una sociedad que había visto a los vecinos matarse por diferencias teológicas.

Locke y los cimientos del liberalismo

John Locke, escribiendo poco después de la Revolución Gloriosa de 1688, ofreció un contrapunto crucial. Su contexto era distinto: la monarquía absoluta había sido cuestionada, y la propiedad privada emergente exigía protección. Locke argumentó que el Estado existe para proteger los derechos naturales: vida, libertad y propiedad. Si el gobierno falla en esta tarea racional, el pueblo tiene derecho a la rebelión. Esta separación entre el poder político y la providencia divina directa sentó las bases del liberalismo clásico. La autonomía individual dejaba de ser una concesión del rey para convertirse en un derecho inherente al hombre racional.

La tensión entre la seguridad de Hobbes y la libertad de Locke sigue definiendo el debate político actual. Ambos intentaron liberar al Estado de la teología pura, aunque lo hicieron mirando direcciones opuestas. La búsqueda de una base racional para el poder fue, en esencia, una lucha por definir dónde terminaba la necesidad colectiva y dónde comenzaba la libertad individual.

La Ilustración: el contexto de la razón pública

El siglo XVIII marca la consolidación del pensamiento moderno, desplazando la filosofía de los gabinetes de estudio hacia la esfera pública. Ya no se trata solo de entender el mundo, sino de transformarlo mediante la aplicación sistemática de la razón. Este periodo, conocido como la Ilustración, redefine el rol del filósofo: deja de ser un erudito aislado para convertirse en un agente de cambio social. La confianza en el progreso humano se convierte en el motor intelectual de la época, reemplazando la duda metódica de siglos anteriores por una certeza en la capacidad de mejora continua.

Los espacios de la razón pública

La difusión de las ideas no hubiera sido tan rápida sin la creación de nuevos espacios de encuentro. En París, los salones liderados por mujeres como Madame Geoffrin se convirtieron en centros neurálgicos donde aristócratas, artistas y pensadores debatían sobre política, arte y ciencia. Estos entornos permitieron que la filosofía se volviera más accesible y menos dogmática. Por su parte, en Londres, los cafés funcionaban como clubes de lectura y debate, donde la discusión se basaba más en el argumento que en el rango social. La consecuencia es directa: la autoridad ya no residía exclusivamente en la Iglesia o la Monarquía, sino en la calidad del discurso público.

Dato curioso: La palabra "opinión pública" no era tan frecuente antes del siglo XVIII. Antes, se hablaba de "el vulgo" o "la multitud", a menudo con desdén. La Ilustración elevó la opinión colectiva a una fuerza política capaz de presionar a los monarcas, cambiando para siempre la dinámica del poder.

Las enciclopedias como proyecto social

La herramienta más poderosa para este cambio fue la Enciclopedia. Obras como la dirigida por Diderot y Voltaire no eran simples recopilaciones de datos, sino manifiestos intelectuales. Su objetivo era reunir todo el conocimiento humano y reorganizarlo bajo la luz de la razón crítica. Al clasificar las ciencias, las artes y los oficios, buscaban demostrar que el saber práctico era tan valioso como el saber teórico. Este esfuerzo colaborativo requirió la coordinación de decenas de autores y grabadores, creando una red intelectual que abarcaba gran parte de Europa. La estructura misma de estas obras reflejaba la fe en el orden y la claridad como antídotos contra la tradición oscurantista.

La filosofía ilustrada no buscaba la verdad absoluta en un sentido metafísico lejano, sino la utilidad práctica para la felicidad humana. Se priorizó la educación, la tolerancia religiosa y la reforma legal. Aunque las críticas posteriores señalaron que esta visión a menudo ignoraba las diferencias culturales o la complejidad emocional humana, su legado es innegable: estableció los cimientos de la sociedad moderna basada en el debate racional y la búsqueda del bienestar común. El siglo XVIII demostró que pensar no es un lujo, sino una herramienta de libertad.

Ejemplos prácticos de análisis contextual

El lenguaje como herramienta estratégica

La elección del idioma no era un capricho literario para los filósofos modernos, sino una decisión táctica para controlar quién tenía acceso a la verdad. Tomar a René Descartes como ejemplo revela esta dualidad. Cuando publicó El Discurso del método en 1637, optó por el francés, un idioma considerado más fluido y directo que el latín académico. Su objetivo era conquistar a las "buenas cabezas" de la corte y de la burguesía emergente, aquellos que leían poco pero pensaban mucho. El latín, en cambio, reservó para las Meditaciones sobre la primera filosofía, destinadas a los teólogos y académicos de las universidades, donde la precisión técnica y la defensa contra las objeciones eran vitales.

Leer el Discurso como si fuera una obra puramente académica pierde su fuerza retórica. Entender que está escrito para convencer a un público no especializado cambia la lectura: la claridad se convierte en el principal argumento de autoridad. El contexto lingüístico determina la estrategia persuasiva.

Dato curioso: Descartes envió una copia del Discurso a la reina Cristina de Suecia. No era solo un regalo, era una apuesta por la influencia política de la filosofía sobre la teología tradicional.

El exilio como laboratorio filosófico

El entorno físico y social moldea directamente las categorías conceptuales. La vida de Baruch Spinoza ofrece un caso claro de cómo el aislamiento fuerza una reconstrucción del pensamiento. Excomulgado de la comunidad judía de Ámsterdam en 1654 y viviendo en una relativa soledad en La Haya, Spinoja no podía permitirse las mismas precauciones que un filósofo en la corte de Luis XIV. Su concepto de Dios no es una reacción directa a la iglesia local, sino una adaptación a un entorno de libertad intelectual relativa pero socialmente frágil.

En su Tratado teológico-político, escrito bajo el seudónimo de Johannes Reyser, Spinoja analiza la Biblia no como una revelación divina inmutable, sino como un texto histórico sujeto a las costumbres de los hebreos antiguos. Esta lectura histórica solo era posible porque el contexto holandés del siglo XVII ofrecía una tolerancia religiosa inusitada para la época, permitiendo que la razón crítica se aplicara a las escrituras sin provocar inmediatamente la hoguera. Cambiar el contexto de Ámsterdam a la París de la Revolución Francesa habría hecho que esa misma obra fuera leída como una amenaza política inmediata, no solo teológica.

Analizar a Spinoja sin considerar el exilio es ignorar la presión social que ejerció sobre su definición de libertad. El contexto no es el escenario, es el filtro.

La imprenta y la circulación de ideas

La tecnología de comunicación define la estructura del argumento. En el siglo XVII, la imprenta permitió que las obras filosóficas dejaran de ser manuscritos cerrados para convertirse en productos de consumo público. Esto obligó a los filósofos a estructurar sus obras para resistir la fragmentación. Las Objesiones y Respuestas de Descartes son un producto directo de este contexto editorial: la filosofía se volvía dialógica y pública. Sin la imprenta, la necesidad de responder a los rivales de forma tan sistemática y accesible habría sido menor. El medio es parte del mensaje filosófico.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo comienza exactamente la filosofía moderna?

No hay una fecha única, pero la mayoría de los historiadores señalan el siglo XVII (especialmente tras la publicación de la Discurso del método de Descartes en 1637) como el punto de inflexión, aunque sus raíces se remontan a finales del siglo XVI con el empirismo de Francis Bacon.

¿Qué papel jugó la Revolución Científica en la filosofía?

Fue el motor principal. Descubrimientos como el heliocentrismo de Copérnico o la gravedad de Newton obligaron a los filósofos a cuestionar la autoridad de Aristóteles y a buscar nuevas bases para la verdad, dando lugar al racionalismo y al empirismo.

¿Cómo influyó la política en el pensamiento filosófico moderno?

La inestabilidad política, como la Guerra de los Treinta Años o la Revolución Francesa, impulsó a los filósofos a buscar fundamentos racionales para el Estado y la sociedad, alejándose de la "Derecho Divino de los Reyes" que predominaba en la Edad Media.

¿Qué diferencia a la filosofía moderna de la antigua?

Mientras la filosofía antigua se centraba en la naturaleza y la ética dentro de la polis, la moderna pone el énfasis en el sujeto pensante (el "yo") y en el método como herramienta para alcanzar la certeza del conocimiento.

¿Qué es la Ilustración en este contexto?

Es la culminación de la filosofía moderna, un movimiento cultural del siglo XVIII que promovió la razón, la ciencia y la libertad individual como herramientas para progresar la sociedad humana, a menudo en contraposición a la tradición y la autoridad religiosa.

Resumen

La filosofía moderna surgió como respuesta a la crisis de autoridad de la Edad Media, impulsada por la Revolución Científica, el auge de la burguesía y la transformación política hacia el Estado moderno. Este contexto histórico permitió que el pensamiento se centrara en la razón humana y el método científico, sentando las bases del mundo contemporáneo.

Comprender estos factores es esencial para analizar las obras de los grandes filósofos modernos, ya que sus ideas no eran abstracciones puras, sino herramientas para interpretar y transformar una sociedad en plena transición.

Véase también

Referencias

  1. «filosofía moderna contexto» en Wikipedia en español
  2. Modern Philosophy — Stanford Encyclopedia of Philosophy
  3. Early Modern Philosophy — Internet Encyclopedia of Philosophy
  4. The Cambridge History of Modern Philosophy