La metodología de investigación feminista no es un único método, sino un marco teórico y práctico que cuestiona cómo se produce el conocimiento científico tradicional. Surge de la necesidad de integrar la dimensión de género en todas las etapas del proceso investigativo, desde la formulación de la hipótesis hasta la interpretación de los datos, para revelar sesgos androcéntricos históricos.

Este enfoque transforma la relación entre el sujeto que investiga y el objeto estudiado, promoviendo la reflexividad, la interseccionalidad y la búsqueda de la equidad. Su importancia radica en su capacidad para desvelar estructuras de poder invisibles y ofrecer explicaciones más completas y matizadas en disciplinas tan diversas como la sociología, la biología o la economía.

Definición y concepto

La metodología de investigación feminista no se reduce a la suma de técnicas recolectadas en el campo. Es un enfoque epistemológico profundo que cuestiona los cimientos mismos de cómo se genera el conocimiento científico. Tradicionalmente, la ciencia ha buscado una objetividad fría, separada del sujeto que observa. La investigación feminista desafía esta noción, argumentando que toda observación está situada y marcada por el contexto social, político y biológico de quien investiga.

Epistemología y la crítica a la objetividad

El núcleo de este enfoque reside en la crítica a la supuesta neutralidad absoluta. No se trata de eliminar la subjetividad, sino de hacerla visible y útil. La "objetividad situada", un concepto clave desarrollado por pensadoras como Donna Haraway, propone que el conocimiento surge desde una posición concreta, no desde un punto cero ilusorio. Esto implica reconocer que la investigadora lleva consigo sus propias experiencias de género, clase y raza, las cuales influyen en la formulación de preguntas y la interpretación de datos.

Dato curioso: El término "epistemología feminista" ganó tracción en los años ochenta, pero sus raíces prácticas se remontan a las primeras sociólogas del siglo XIX, como Harriet Martineau, quien ya señalaba que la "visión masculina" dominaba la interpretación de los datos sociales.

Esta perspectiva transforma la relación entre el sujeto y el objeto de estudio. En lugar de ver a la "investigada" como una fuente de datos pasiva, se la considera una co-creadora activa del conocimiento. La asimetría de poder entre quien pregunta y quien responde se vuelve un objeto de análisis en sí mismo, no solo un obstáculo logístico.

Más allá de los métodos: una lente crítica

Un error común es confundir la metodología con el método. Los métodos son las herramientas (la entrevista, el cuestionario, el experimento), mientras que la metodología es el marco lógico que justifica el uso de esas herramientas. La investigación feminista funciona como una lente crítica que puede aplicarse a casi cualquier disciplina.

No existe un único "método feminista". Aunque a menudo se asocia con lo cualitativo por su énfasis en la narrativa y la experiencia vivida, también abarca lo cuantitativo y lo mixto. Lo que define al enfoque no es la herramienta, sino cómo se usa. Por ejemplo, un análisis cuantitativo feminista podría desglosar datos económicos no solo por ingresos, sino por la carga laboral no remunerada, revelando desigualdades que las estadísticas tradicionales ocultan.

La consecuencia es directa: la validez del estudio no depende solo de la precisión numérica, sino de su capacidad para revelar estructuras de poder y dar voz a las experiencias históricamente marginadas. Este enfoque exige transparencia sobre las decisiones tomadas durante la investigación, desde la selección de la muestra hasta la redacción final de los resultados, asegurando que la jerarquía tradicional entre investigadora e investigada se reduzca, aunque rara vez desaparezca por completo.

Contexto histórico y evolución

La metodología de investigación feminista no surgió de la nada, sino que fue una respuesta directa a las deficiencias epistemológicas de las ciencias sociales tradicionales. Durante décadas, el sujeto de estudio predominante era el hombre blanco, de clase media y occidental. Las mujeres aparecían como datos secundarios, a menudo definidas por su relación con otros (madre, esposa, hija) más que como agentes autónomos. Esta invisibilidad sistemática generó una necesidad urgente de nuevas herramientas analíticas que pudieran capturar la experiencia femenina sin distorsión.

Los orígenes: Segunda ola y la crítica institucional

En las décadas de 1960 y 1970, la segunda ola del feminismo transformó el entorno académico. Las investigadoras comenzaron a cuestionar la supuesta objetividad de la ciencia clásica. La pregunta central dejó de ser solo "¿qué estudiamos?" para incluir "¿cómo lo estudiamos?". Se descubrió que los métodos tradicionales, heredados de una estructura patriarcal, tendían a cuantificar la experiencia femenosa sin contextualizarla, o bien a reducirla a variables biológicas o psicológicas aisladas.

Este periodo marcó el paso de la crítica marginal a la construcción teórica sólida. Las pioneras demostraron que la subjetividad no era necesariamente el enemigo de la objetividad, sino una fuente potencial de conocimiento más rico si se gestionaba con rigor. La consecuencia es directa: si quien observa influye en lo observado, ignorar esa influencia es un error metodológico grave.

Hitos teóricos: Smith y Harding

Dorothy Smith revolucionó la sociología al proponer la "sociología del punto de vista". Su argumento era contundente: la teoría social dominante estaba construida desde la experiencia masculina, pero se presentaba como universal. Smith abogaba por comenzar la investigación desde la experiencia concreta de las mujeres para luego reconstruir las estructuras sociales que la moldeaban. Esto no significaba volver al sentido común, sino utilizarlo como punto de partida empírico riguroso.

Por su parte, Sandra Harding introdujo el concepto de "ciencia fuerte" (strong objectivity). Harding argumentaba que la objetividad tradicional ignoraba los presupuestos teóricos del investigador, mientras que una ciencia fuerte los hace explícitos. Al reconocer que toda investigación parte de un lugar social específico, se logra una objetividad más profunda y menos sesgada. Su obra permitió que el feminismo dejara de ser visto como una mera adición temática para convertirse en un marco epistemológico completo.

Sabías que: El término "epistemología feminista" se consolidó rápidamente para distinguir el estudio del conocimiento (cómo sabemos lo que sabemos) del simple contenido temático (qué estudiamos), marcando una ruptura con la idea de que la mujer era solo el objeto, no la fuente del saber.

De las ciencias sociales a las ciencias duras

Aunque sus raíces están en la sociología y la historia, la metodología feminista ha permeado las llamadas "ciencias duras". El biofeminismo, por ejemplo, ha desafiado la noción de que la biología humana es un dato fijo e inmutable. Investigaciones recientes han demostrado cómo sesgos de género afectan desde el diseño de ensayos clínicos hasta la interpretación de datos genómicos.

Hoy en día, esta corriente está consolidada. Ya no se trata solo de añadir mujeres a las muestras estadísticas, sino de cuestionar las categorías mismas de análisis. En 2026, la integración de la perspectiva de género en metodologías cuantitativas y cualitativas es un estándar en muchas universidades, demostrando que la crítica feminista ha logrado transformar la estructura misma del saber académico. Pero el debate sigue abierto sobre cómo equilibrar la diversidad de voces sin perder la coherencia teórica.

¿Qué principios epistemológicos guían esta investigación?

La epistemología feminista cuestiona cómo se construye el conocimiento válido. No se limita a añadir mujeres a los datos existentes, sino que desafía la forma en que se definen la verdad y la realidad. Este enfoque sostiene que el conocimiento no surge de una mente pura y aislada, sino de contextos sociales, históricos y corporales específicos. La investigación feminista propone que el punto de vista influye en lo que se observa y cómo se interpreta.

Objetividad situada y la política de la ubicación

Donna Haraway introdujo el concepto de "objetividad situada" para superar la dicotomía entre la subjetividad total y la objetividad clásica. La objetividad tradicional a menudo asumía una "visión desde ninguna parte", como si el investigador flotara sobre los datos sin influencias externas. Haraway argumenta que todos los puntos de vista son parciales. Reconocer esta parcialidad no debilita el conocimiento, lo fortalece al hacerlo más honesto y verificable.

La "política de la ubicación" exige que el investigador declare desde dónde habla. Esto implica identificar su posición social, su clase, su raza y su género. Al hacer visible la ubicación del sujeto que conoce, se permite a otros evaluar cómo esa posición afecta la interpretación de los datos. No se trata de eliminar el sesgo por completo, sino de gestionarlo con transparencia. La consecuencia es directa: la credibilidad científica depende de la capacidad de mapear las relaciones de poder en la producción del conocimiento.

Sabías que: El término "visión desde ninguna parte" fue criticado por revelar, irónicamente, una visión muy específica: la de un hombre blanco, occidental y de clase media, que se presentaba como universal.

Interseccionalidad y complejidad de los datos

Kimberlé Crenshaw desarrolló la interseccionalidad para mostrar cómo diferentes ejes de opresión se cruzan. La interseccionalidad sostiene que no se puede entender la experiencia de una mujer negra sumando simplemente "mujer" más "negra". Surge una categoría específica donde el género y la raza interactúan, creando una experiencia única que difiere de la de una mujer blanca o un hombre negro. Este principio obliga a los investigadores a evitar categorías fijas y a analizar las relaciones dinámicas entre las variables sociales.

Al aplicar la interseccionalidad, las preguntas de investigación cambian radicalmente. En lugar de preguntar "¿Cómo afecta el género al salario?", se pregunta "¿Cómo interactúan el género, la edad y la etnia para definir el salario en el sector tecnológico?". Esto evita que la experiencia de un grupo dominante dentro de una categoría (como la mujer blanca de clase media) se convierta en la norma para todo el grupo. La validación de los datos requiere entonces una mirada más matizada y menos generalista.

Reflexividad y la relación investigador-participante

La reflexividad es el proceso continuo de examinar cómo el propio investigador influye en el estudio. En la metodología feminista, el investigador no es un observador pasivo, sino un actor que afecta a los participantes y viceversa. Esto implica analizar cómo las preguntas formuladas, el tono de la entrevista o incluso la presencia física del investigador modifican las respuestas. La reflexividad se convierte en una herramienta de control de calidad, no solo como un añadido teórico.

Este enfoque transforma la validación de los datos. La validez no depende únicamente de la repetibilidad experimental, sino de la profundidad del análisis contextual y de la coherencia entre la teoría y la experiencia vivida. Los datos se validan al contrastar las interpretaciones con los sujetos estudiados, a menudo mediante técnicas como la "validación por pares" o el retorno de los hallazgos a la comunidad. La investigación se convierte en un diálogo en lugar de una extracción lineal de información. Esta metodología exige humildad intelectual y una atención constante a las dinámicas de poder en el acto de conocer.

Métodos y técnicas de recolección de datos

La recolección de datos en la investigación feminista trasciende la mera captura de información; es un acto político diseñado para desmontar jerarquas de poder entre quien observa y quien es observada. El objetivo central es minimizar el sesgo de género, que históricamente ha situado a la mujer como objeto pasivo, y potenciar su agencia como sujeto productor de conocimiento. Esto requiere adaptar técnicas tradicionales para que sean más reflexivas, relacionales y atentas a las dinámicas de interseccionalidad.

Entrevistas en profundidad: de la pregunta a la narrativa

La entrevista feminista prioriza la narrativa biográfica sobre la lista de preguntas cerradas. En lugar de imponer una estructura rígida que fragmenta la experiencia, se invita a la participante a contar su historia, permitiendo que los temas emergentes guíen el flujo del discurso. Esta técnica busca reducir la asimetría de poder inherente a la relación investigador-participante.

Ejemplo práctico: Una entrevista tradicional podría preguntar: "¿En qué momento comenzó su carrera profesional?". Una aproximación feminista reformularía esto como: "Cuéntenos cómo llegó a su primer puesto de trabajo y qué significó ese espacio para usted". La primera busca un dato cronológico; la segunda explora el contexto emocional, las barreras estructurales y la agencia personal.

La consecuencia es directa: se obtienen matices que las preguntas cerradas suelen silenciar.

Grupos focales y diarios de campo

Los grupos focales se utilizan para evidenciar la construcción colectiva de la experiencia. No se busca solo la suma de opiniones individuales, sino observar cómo las participantes negocian significados entre sí. Es fundamental analizar la dinámica de quién habla, quién calla y cómo influyen factores como la edad o la clase social en esa interacción, evitando que la voz más dominante homogeneice el grupo.

Los diarios de campo requieren una autorreflexión constante. La investigadora debe documentar no solo lo observado, sino su propia posiciónidad: cómo su género, raza o estatus afectan lo que percibe. Esta transparencia mitiga la ilusión de objetividad absoluta y reconoce que el conocimiento es situado.

Etnografía feminista y análisis de discurso

La etnografía feminista implica una inmersión prolongada donde la relación con las participantes se vuelve clave. Se valora la confianza y la reciprocidad, a menudo devolviendo los hallazgos a la comunidad para validarlos. Por su parte, el análisis de discurso examina cómo el lenguaje construye la realidad de género, identificando metáforas, silencios y supuestos culturales que naturalizan las desigualdades. Ambas técnicas exigen un diseño metodológico que cuestione las categorías fijas y abra espacio a la complejidad de las vidas cotidianas.

¿Cómo se analiza la información en la investigación feminista?

El análisis de datos en la investigación feminista trasciende la mera clasificación de información; se convierte en un acto político y epistemológico. El objetivo central no es solo describir la realidad, sino revelar cómo las estructuras de poder, específicamente el género, moldean esa realidad. Este proceso exige un rigor metodológico que desafía la supuesta "objetividad neutral" de las ciencias tradicionales, incorporando la subjetividad de la investigadora y, sobre todo, la agencia de las participantes.

Codificación temática y análisis narrativo

La codificación temática con enfoque de género implica identificar patrones recurrentes en los datos, pero con una lupa crítica. No basta con agrupar citas similares; se debe preguntar qué significan esas agrupaciones en términos de poder, jerarquía y experiencia vivida. Por ejemplo, al analizar entrevistas sobre el trabajo doméstico, la codificación no solo identificará "tiempo dedicado", sino conceptos como "invisibilización", "carga mental" o "negociación de roles".

El análisis narrativo complementa esta técnica al preservar la estructura y el tono de la historia contada. La narrativa permite entender cómo las mujeres (y otras identidades de género) construyen su identidad a través del relato. Esto evita fragmentar la experiencia en datos aislados, manteniendo la coherencia biográfica. La voz de las participantes deja de ser un dato más para convertirse en el eje central de la interpretación. Su perspectiva no es un "dato subjetivo" a corregir, sino una fuente de conocimiento válido y esencial.

Sabías que: El concepto de "voz" en la investigación feminista ha evolucionado. Inicialmente, se buscaba simplemente "dejar hablar" a las mujeres. Hoy, se critica esa visión pasiva, preguntándose quién escucha, cómo se traduce esa voz y qué silencios quedan entre líneas. La voz no es solo sonido, es poder interpretativo.

Triangulación y rigor

Para fortalecer la validez de los hallazgos, la investigación feminista emplea la triangulación. Esto significa cruzar información de múltiples fuentes, métodos o perspectivas. Por ejemplo, combinar entrevistas individuales con grupos focales y observación participante permite verificar si las experiencias son individuales o estructurales. La triangulación no busca una única "verdad absoluta", sino una comprensión más matizada y robusta de la complejidad social.

El lugar de lo cuantitativo

Existe un mito persistente de que la investigación feminista es exclusivamente cualitativa. Si bien los métodos cualitativos han sido históricamente dominantes para capturar la riqueza de la experiencia subjetiva, el análisis cuantitativo juega un papel crucial cuando se necesita medir la magnitud de las desigualdades. Las estadísticas de género, como las brechas salariales, las tasas de empleo o la distribución del tiempo, proporcionan evidencia contundente para políticas públicas.

La integración de ambos enfoques, a menudo llamada "métodos mixtos", permite conectar la micro-experiencia individual con las macro-estructuras sociales. Los números dan escala al problema; las narrativas le dan rostro y significado. En 2026, la tendencia es hacia una mayor integración, donde los datos cuantitativos no son vistos como el "rey" de la objetividad, sino como una herramienta más dentro de un arsenal metodológico diverso. La clave está en no dejar que los números apaguen las voces, sino que las amplifiquen.

Aplicaciones prácticas y ejemplos en distintas disciplinas

La metodología de investigación feminista no se limita a la teoría; transforma cómo se recogen y analizan los datos en múltiples campos. Su aplicación práctica busca visibilizar lo que los enfoques tradicionales suelen considerar como "datos anecdóticos" o "variables de control".

Casos por disciplina

En sociología, el estudio del trabajo doméstico cambió radicalmente. Mientras los estudios clásicos a menudo ignoraban la limpieza o la cocina como "trabajo" porque no generaban salario directo, la investigación feminista cuantificó estas horas, demostrando que constituyen una carga laboral masiva. Esto permitió medir la desigualdad en el tiempo libre entre hombres y mujeres.

En economía, el concepto de "economía del cuidado" es fundamental. Los economistas feministas argumentan que, sin el trabajo de cuidado (niños, ancianos, enfermos), el mercado laboral colapsaría. Un ejemplo claro es el análisis del impacto del salario mínimo: un estudio tradicional podría mirar solo la inflación, pero un enfoque feminista analiza cómo ese aumento afecta desproporcionadamente a las mujeres, que suelen ser las principales empleadas en servicios y las principales cuidadoras no remuneradas.

En salud, la experiencia del dolor femenino ha sido históricamente subestimada. Durante décadas, los ensayos clínicos se centraban en hombres, asumiendo que la mujer era un "hombre pequeño con problemas hormonales". La investigación feminista ha demostrado que enfermedades como el síndrome de Turner o incluso el dolor crónico lumbar afectan a las mujeres de forma distinta, exigiendo protocolos de diagnóstico que consideren la subjetividad del paciente.

En tecnología, el diseño centrado en la usuaria corrige sesgos de género. Un caso famoso ocurrió en la industria automotriz: durante años, los sistemas de seguridad (cinturones y airbags) se diseñaron basándose en el peso promedio del hombre (aproximadamente 75 kg). Las mujeres, al ser más ligeras, sufrían más lesiones en accidentes. Al incorporar datos específicos de mujeres, la tasa de lesiones femeninas bajó significativamente.

Dato curioso: El sesgo de género en la tecnología también afectó a los primeros sistemas de reconocimiento de voz, que a menudo interpretaban mejor las voces graves (hombres) que las agudas (mujeres), simplemente porque las muestras de entrenamiento eran mayoritariamente masculinas.

Comparativa de enfoques: El estrés laboral

La diferencia entre una perspectiva tradicional y una feminista se vuelve evidente al analizar problemas comunes como el estrés laboral. La tabla siguiente ilustra cómo cambia la pregunta de investigación y la metodología.

Aspecto Enfoque Tradicional Enfoque Feminista
Pregunta central ¿Cuántas horas trabaja la mujer? ¿Cómo interactúan las horas de trabajo remunerado con las horas de cuidado no remunerado?
Variable clave Salario y puesto jerárquico. La "doble jornada" y la flexibilidad horaria real.
Método de recolección Encuestas cuantitativas estándar (ej. "¿Estás estresada? Sí/No"). Entrevistas en profundidad y diarios de tiempo para capturar la carga mental.
Resultado típico La mujer gana menos que el hombre (brecha salarial). La mujer tiene menos tiempo de ocio y más estrés crónico debido a la suma de trabajos (brecha de tiempo).

Esta comparación muestra que el enfoque feminista no descarta los datos duros, sino que añade capas de contexto social. No se trata solo de cuánto gana una persona, sino de qué sacrifica para ganar ese dinero. Esta distinción es vital para diseñar políticas públicas efectivas, como licencias de paternidad obligatorias o guarderías corporativas.

Críticas, limitaciones y debates actuales

La metodología de investigación feminista ha transformado las ciencias sociales al poner el acento en la experiencia vivida, pero este enfoque no está exento de tensiones internas y externas. Una crítica recurrente proviene de las tradiciones positivistas, que señalan que la énfasis en la subjetividad puede comprometer la objetividad de los hallazgos. Para estos críticos, si el investigador es parte activa del proceso y reconoce su sesgo, ¿cómo se garantiza que los datos no sean meras proyecciones personales? La respuesta feminista suele ser que la "objetividad pura" es una ilusión y que reconocer la posición del sujeto es más honesto que ocultarla, pero el debate sobre el equilibrio entre voz propia y rigor analítico sigue abierto.

El problema de la generalización

Otro desafío técnico radica en la dificultad de generalizar los resultados. Muchas investigaciones feministas priorizan la profundidad sobre la amplitud, utilizando métodos cualitativos como la historia de vida o la etnografía. Esto permite captar matices que las encuestas masivas a menudo pierden, pero limita la capacidad de extrapolar los datos a poblaciones más amplias. No se puede asumir que lo que ocurre en un grupo específico de mujeres en un contexto urbano se aplica a todas las mujeres en ese mismo entorno. La consecuencia es directa: el valor de estos estudios reside más en la teoría generada que en la estadística pura.

Además, existe una tensión ética y práctica entre hacer el lenguaje accesible y mantener la densidad académica. El feminismo busca ser una herramienta de empoderamiento, lo que sugiere que sus hallazgos deben ser comprensibles para las mujeres que estudian. Sin embargo, la jerga teórica a veces crea una barrera de entrada que excluye a las mismas voces que pretende elevar. Encontrar un punto medio donde la precisión conceptual no ahogue la claridad narrativa sigue siendo un reto constante para los redactores de este campo.

Críticas postcoloniales y la universalidad

Quizás la crítica más transformadora ha llegado desde el feminismo postcolonial y la teoría interseccional. Durante décadas, se corrió el riesgo de tratar la "experiencia femenina" como un bloque monolítico, a menudo basado en la realidad de mujeres blancas, de clase media y occidentales. Pensadoras como Chandra Talpade Mohanty han señalado que esta homogeneización oculta las diferencias cruciales de raza, clase y geografía. Decir simplemente "mujer" sin matizar puede invisibilizar a la mujer indígena, migrante o trabajadora, haciendo que la metodología parezca excluyente en lugar de inclusiva.

Debate actual: La pregunta ya no es solo "¿qué es ser mujer?", sino "¿qué mujer habla y desde qué posición de poder?". La interseccionalidad obliga a cruzar categorías: una mujer no vive su género de la misma forma que un hombre, pero tampoco de la misma forma que otra mujer de diferente clase social.

Esta crítica ha obligado a las metodologías feministas a volverse más reflexivas. Ya no basta con preguntar por el género; hay que analizar cómo el género se entrelaza con la raza, la edad y la condición económica. Esto añade complejidad al diseño de la investigación, exigiendo marcos teóricos más ricos y muestreos más cuidadosos. Lejos de debilitar el enfoque, esta presión ha hecho que las herramientas feministas sean más agudas y capaces de captar la complejidad del mundo real. El desafío metodológico se convierte así en una fuente de innovación, no solo de fricción.

Preguntas frecuentes

¿Es la investigación feminista solo para estudiar a las mujeres?

No. Aunque inicialmente se centró en visibilizar a la mujer, el enfoque feminista analiza cómo las categorías de género, clase, raza y edad construyen la realidad. Se aplica a cualquier fenómeno donde el género sea una variable estructurante, incluyendo el estudio de la masculinidad o la construcción social del cuerpo.

¿Qué diferencia a este método de la investigación cuantitativa tradicional?

La diferencia principal no está en la herramienta (puede usarse estadística), sino en la posición del investigador. La investigación feminista exige reconocer que el investigador no es un observador neutral, sino un sujeto situado que influye en los datos. Prioriza la experiencia vivida y el contexto sobre la generalización abstracta.

¿Qué significa que el investigador sea un "sujeto situado"?

Significa que el conocimiento se produce desde una posición específica en la estructura social. Una investigadora feminista debe declarar su propia ubicación social (su clase, raza, edad, etc.) y cómo esta influye en lo que observa y cómo lo interpreta, en lugar de pretender una objetividad absoluta e invisible.

¿Se puede usar la investigación feminista en ciencias duras como la biología?

Sí. En biología, por ejemplo, ha servido para cuestionar por qué los ensayos clínicos históricos se centraban en hombres, revelando que los efectos secundarios de los fármacos varían según el género. También ha analizado cómo los sesgos lingüísticos afectan la clasificación de especies.

¿Qué es la interseccionalidad en este contexto?

Es un principio clave que sostiene que las categorías sociales no actúan de forma aislada. Una mujer no experimenta el género de la misma manera que un hombre, pero su experiencia también está moldeada por su raza, su clase social y su edad. La investigación debe analizar cómo estas líneas de poder se cruzan.

Resumen

La metodología de investigación feminista propone una transformación profunda en la producción de conocimiento, integrando el género como categoría de análisis transversal. Sus principios fundamentales incluyen la reflexividad del investigador, la atención a la experiencia subjetiva y el análisis interseccional de las estructuras de poder.

Este enfoque no descarta los métodos tradicionales, sino que los critica y los adapta para reducir los sesgos androcéntricos. Su aplicación práctica ha generado avances significativos en diversas disciplinas, demostrando que la objetividad científica se enriquece al reconocer la posición social del que investiga.

Véase también

Referencias

  1. «metodología de investigación feminista» en Wikipedia en español
  2. Feminist Research Methodology — Stanford Encyclopedia of Philosophy
  3. Feminist Research Methods — SAGE Research Methods
  4. Metodología de investigación feminista — Dialnet
  5. Feminist Research Methods — Oxford Research Encyclopedia of Education